Maravillas

Me entusiasman los desayunos en el jardín.

Fue un domingo magnífico en el que podía palparse el amor y la ternura de las familias unidas sin tan siquiera proponérselo. Fue como una visita sorpresa al mismísimo país de Nunca Jamás sin que nadie más lo supiera. Me pareció una ocasión idílica, real y espléndida para juguetear a detener el tiempo.

Olía a flores frescas aderezadas con gotas del rocío, a césped recién cortado, a brisa mañanera, a café humeante, a té verde, a dulces rellenos de crema pastelera, a bollos crujientes, a chocolate belga, a pan de nueces casero, a canela recién espolvoreada, a colonia fresca de lavanda, a Campanilla, a Wendy, a Peter Pan y a maravillas.

 

 

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«La imagen no podía ser más entrañable. Pero nadie la vio… salvo un extraño niño que miraba por la ventana.»

 

De la música de fondo se encargaron las fuentes. Como si de una serenata melódica y acompasada se tratase. Como si hubiésemos estado formando parte de un Concierto de Año Nuevo de la Orquesta Filarmónica de Viena revestidos con atuendos elegantes, pendientes centelleantes y guantes sedosos. Justo como aquella pausa durante la que nos perdimos saltando de felicidad entre los jardines de aquel palacio.

Todo era bonito, por no hablar del menaje. Platos de porcelana, tazas al estilo inglés, cubiertos dorados haciendo de las suyas con los rayos de Sol y teteras a juego con el ambiente. Las servilletas estaban adornadas con ojos medio por abrir y sonrisas intrépidas. Las sillas, blancas, estaban acomodadas por cojines decorados con tonalidades de color azul, rosa y verde pastel. El mantel, de encaje, tenía un bordado único, hecho a mano, que recordaba a un cuento de hadas en el que cada tarde se organizan meriendas en el bosque.

 

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Habían nubarrones de algodón jugando a disfrazarse de fantasía y sauces llorones risueños perfilando el horizonte más limpio que, hasta entonces, había visto. Lagos abiertos al mundo y ensayos de piano nada desafinados.

Fue difícil saber si seguíamos durmiendo y todo aquello no era más que un sueño muy bien pensado o si todo lo que teníamos era tan auténtico como nuestro apego a los pensamientos bonitos.

Y es que, como dijo la Señora Darling a su hijo:

 

«Sra. Darling: Hay muchas formas distintas de ser valiente. Se es valiente cuando se piensa en los otro y no en uno mismo. Aunque papá jamás ha blandido una espada, ni disparado una pistola, gracias a Dios. Pero ha hecho muchos sacrificios por su familia y ha dejado a un lado muchos sueños.

Michael Darling: ¿Dónde los ha dejado?

Sra. Darling: Los ha dejado en un cajón. Y a veces, por la noche, los sacamos y los admiramos. Pero cada vez resulta más difícil cerrar el cajón. Él lo hace. Y por eso es tan valiente.»

¿Sueño, realidad o recuerdos?

Tal vez no fuimos lo suficientemente valientes como para querer saberlo.

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