Pausas buenas

Llegó asustada. No sabía exactamente qué era aquello que no la dejaba estar tranquila del todo, pero algo había. Se sentía llena de emociones y conmovida. ¿Si se había sentido así antes? Bueno, la verdad es que no estaba muy segura. Eran tiempos cambiantes, y la única certeza era que quedaba mucho por entender y menos por lo que sorprenderse. Por decirlo de otra manera, algo así como lo que pasa siempre pero muy magnificado.

 

Curioso

 

La música se oía muy bien y el sonido de las gotas de lluvia deslizándose por la ventana caló muy dentro suyo. ¿Acaso el swing no es increíble? Le encantaba detenerse y apreciar la magia de las sutilezas difíciles de inventar. Se sentía guapa, femenina y dulce. Le encantaba esmerarse en su rutina por muchos meses no seguida coqueta. Fue un reencuentro con ella misma y con todo lo demás. Se sintió espléndida, humana,  y arrasadora. Fue como una escapada a la naturaleza. Como una aventura llena de colores, agua, riachuelos, brisas refresca alientos, vida y mucho más.

 

Y es que como cantan Baloo y Mowgli en la película «El libro de la Selva»:

Si buscas lo más esencial, sin nada más ambicionar, Mamá naturaleza te lo da.

 

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Y sí.

Las pausas son buenas.

 

Fue entonces cuando reconectó con lo esencial de la vida. Aprendió a despertarse con una sonrisa de comisura a comisura por haber tenido la oportunidad de empezar un nuevo día. Redescubrió el sabor de los manjares preparados en casa y cuentan que pudo saborear los recuerdos que le trajeron los aromas más simples. Fue como un viaje al pasado en el que vio a su madre embadurnándose de colonia fresca de lavanda justo antes de irse a dormir. Un ventanal abierto en una noche de verano hubiese quedado muy bien.

La simpleza era el denominador común de esos días. Se entretenía pensando y escuchando al mismo tiempo. Además, sintió curiosidad por temas impensables y se puso manos a la obra en inventar bromas silvestres con personas deleita almas. Se aficionó a los puzles de mil piezas y a sonreír sin ser vista, aunque reconectar con la niña que todavía y para siempre llevaba dentro fue la mejor parte de la historia. Su lado artístico renació de las cenizas llenando la habitación de cuadros esbozados listos para interpretar. Como un museo de talentos desconocidos.

Cantó un poco de blues y bailó un poco de jazz

y voilà.

 

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