¿Verdad?

Eran las cinco de la mañana y tenía la sensación de que se había parado el tiempo. No hacía frío pero tampoco un calor abrasador (como es de esperar teniendo en cuenta que el verano todavía quedaba un poquito lejos y que, en circunstancias normales, la madrugada suele ser más bien lo que vendría a ser siendo fresquilla, como diría mi tía del pueblo).

Hacía ya tres semanas desde que había decidido (o desde que me había dado «el impulso de») irme a vivir a LA GRAN CIUDAD. Algo repentino e improvisado, como la vida misma. Algo tan poco planeado como los sustos o las alegrías (aunque aquí vamos a imaginarnos las alegrías, ya que podemos elegir).

Hace poco, unos dos días quizás, vi un vídeo que hablaba sobre el significado escondido detrás de algunas palabras. «Decidir» era una de ellas y, según la ponente que habló sobre el tema en cuestión, decidir algo era muy diferente a efectivamente ejecutar ese «algo» que habíamos decidido con anterioridad. Vaya, que decidir y hacer eran algo muy distinto, aunque en mi caso en ese caso así lo decidí y así lo hice.

 

LA GRAN CIUDAD y yo. Yo y LA GRAN CIUDAD.

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Podría haber sido el titular de una gran película.

El lugar ideal para volar como un pajarito hacia la cumbre de LA FAMA, un sitio que no duerme ni descansa (lo cual parecía ser verdad porque yo con él o él conmigo estábamos allí juntos, despiertos y sentados en algún bar que podría no haber existido pero que existió porque alguien así lo decidió y así lo construyó).

Pero, vamos a ver, ¿qué hacía yo sentada en alguna silla de algún bar de LA GRAN CIUDAD a las cinco de la madrugada pensando sobre decidir, hacer o no hacer?

Pues bien, eso mismo me preguntaba yo.

Habían tres respuestas posibles a esa pregunta:

a) No podía dormir.

La mudanza había sido agotadora, así como el comienzo de aquella aventura improvisada. Esa tarde estaba especialmente cansada y es por eso que a las ocho y ocho ya estaba metida en la cama y lista para dormir. Tardé poco en caer en un sueño profundo que acabó a las doce de la noche. Consecuentemente, mi perturbado sueño decidió tomarse una larga pausa que acabó con mi paciencia y con la de las mil ovejas que llevaba contadas.

Estaba nerviosa, contenta y fascinada por las vistas que se veían desde mi ventana, así que me vestí con lo primero que vi. Me tapé con mi gabardina ochentera preferida y me fusioné con esa estampa nocturna brillante tan bien iluminada.

No sabía hacia dónde iba. Solamente caminé y sentí. Me concentré en la brisa que tocaba las partes visibles de mi cuerpo y que sacó a bailar a mi pelo suelto y despeinado. Me concentré en el choque de mis zapatos contra el suelo y en los distintos sonidos y olores que llegaron a mis sentidos. Me sumergí en la sensación única de sentir el movimiento de cada pequeño musculo de mi cara al sonreír.

Me sentí vida. Muy viva. Muy «allí» y muy despierta.

Mi «viaje con los sentidos» fue a parar a una pequeña calle, muy estrecha y acogedora que me invitó a perderme en ella. Fue allí donde encontré aquel minúsculo bar lleno de geranios, petunias y sillas ocupadas y vacías. Un rinconcito encantador que me hizo sentir orgullosa de haberme aventurado a vivir esa nueva experiencia, entendida en su sentido más amplio, real y disparatado.

b) Estaba esperando a alguien.

Los pocos días que llevaba en LA GRAN CIUDAD habían sido más que suficientes para conocerlos. Unos personajes únicos. Un grupillo de artistas soñadores espontáneos que me había impactado desde el primer momento en que los vi. Unas personitas que habían decidido hacer del arte, entendido en sentido amplio, su filosofía de vida.

Eran destellos de inspiración y luciérnagas bailando en un lienzo de colores y sombras desdibujadas en papeles desperdigados por mesas sin mantel ni servilletas.

Una pandilla de soñadores alocados, espontáneos y felices que me hacían descubrir unas dos mil caras más de los días normales (aunque ya no se ni si existen y es fantástico). Cada vez que estoy con ellos me hacen pensar que ellos saben algo que yo todavía no sé.

¿Tiene sentido? Ahá, a eso me refiero.

c) No quería dormir y no esperaba a nadie. 

¿Pero en qué estaría pensando?

 

No hace falta decir mucho más,

¿verdad?

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