Adrenalina

Justo en mitad del inicio de un nuevo comienzo. Nervios. Excitación. Entusiasmo. Multitudes. Preparativos. Prisas. Esperas. Risillas tímidas. Sueños comenzándose a cumplir. Metas. Proyectos que se anuncian con los primeros aires otoñales. Temor a lo todavía no conocido.

Allí estaba yo. Allí estábamos nosotros. Habíamos entrado hacía apenas unos minutos. Los últimos de la lista o los primeros decididos en autoinvitarse. Ni lo sabíamos ni nos preocupaba. Una entrada triunfal escenificada tras aquella experiencia que había acabado bruscamente perturbada por alguna alarma de incendios y un olor a chamusquina inusual y magníficamente oportuno. La chispa de los nuevos capítulos estaba en el aire. Podía percibirse. Cualquiera podría hacerlo. Todo estaba preparado y pensado para ello, aunque no para nosotros. Ni para ti ni para mí.

Al menos no esta vez.

 

Y allí estábamos. Tú y yo. Yo y tú. Sentados en una esquina decorada con divanes divinos. La única mesa libre (pero eso no importaba porque era nuestra mesa, la que nos habíamos adjudicado sin permiso y con mucho gusto) entre aquel tumulto de todo lo todible. Estábamos tranquilos o, al menos, eso podría haber pensado cualquiera que hubiese decidido pararse a mirarnos de refilón. Postura digna de revista, miradas serenas asomándose entre apuntes versados y pensamientos simpáticos, agudos y chistosos.

Dos chocolates calientes decorados con corazones de leche dignos de ser servidos en la más sofisticada cafetería de Viena, esa en la que las notas de algún piano afinado juegan a divertirse y a perderse entre columnas de mármol y techos inalcanzables. Tazas improvisadas con olor a cartón reutilizable y a juventud. Y luces, por supuesto. Muchas luces.

Y allí estaba yo. Pensativa y feliz. Muy feliz. Dándome cuenta de que fue bonito mirar la vida desde la distancia. Desde un rinconcito hogareño y distante. Melancólica y emotiva. Viendo escenas tan comunes y que solían estar hechas para mí desde un nuevo punto de vista. Una perspectiva que me sumergió en un mar de pensamientos y sensaciones que nunca había percibido de aquella manera. Y en ese momento, en ese preciso pensamiento sentí que me estaba haciendo mayor o que ya me había hecho mayor.

 

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Entonces nos miramos.

Y nos entendimos.

Lo entendimos.

 

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