El mejor trabajo del mundo

Todo cambió demasiado deprisa y allí estaba yo, debatiendo sobre si todo aquello era real, un poco real o nada real. Demasiadas ideas enfrentadas para que algo pudiese tener ni aunque fuese un poco de sentido.

Alfredo fue mi compañero de aventuras (sí, mi más preciada maleta verde esperanza a punto de explotar se merecía un nombre bonito). No fueron demasiadas horas de viaje teniendo en cuenta que ya estaba bastante lejos de lo que algún día podría haber sido mi hogar. El recorrido que experimentó mi mente, no obstante, no fue nada demasiado pequeño, sino algo sencillamente significante.

El té paso a convertirse, dulce y lentamente, en una nueva tradición matutina. Mesas decoradas con jarrones inmensos y abarrotados de flores. Boles de color gris claro y oscuro. Mil y dos tipos distintos de granola, dátiles y muchos, muchos, frutos del bosque. Para acompañar, bolsos de Chanel, pintalabios rojos, gafas grandes, tirantes finos, escotes sutiles, copas de champagne y notas de vino rosé.

 

Elegancia y aires sofisticados. 

 

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Para algunas personas aquel podría haber sido el mejor trabajo del mundo. Para mí, al principio, también. ¿Acaso no era perfecto? Esbocé mi idea de felicidad y, con ello, mi día a día en un ambiente señorial, lujoso, repleto de excesos, apatía, soberbia y posicionamiento. En ocasiones, incluso, creí ser parte de todo aquello y comencé a soñar con un futuro en el que toda aquella suntuosidad debía ser una parte esencial de ese ideal impecable transitorio.

Un contexto hasta entonces remoto. Un espacio distinguido, bien visto para muchos puntos de vista. Una realidad digna de la admiración de multitudes (y no puedo negar que no se la merezca, en cierto modo). Sencilla y justamente en ese punto en el que empecé a convertirme y a ser parte de aquella prisión dorada es cuando empecé a percatarme de que el mejor trabajo del mundo podría no ser más que una compleja y seductora trampa.

 

Fue entonces cuando me acordé de Cenicienta.

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Y la entendí. 

 

Siempre y nunca, en mismas dosis y en exactas cantidades, había sabido lo que quería, hacia donde me dirigía. Siempre había visto lujos, para qué negarlo. Los Sims, ese juego de ordenador al que tanto había jugado de pequeña y no tan pequeña se había convertido en una herramienta perfecta para dar rienda suelta a mis ideales más brillantes. La casa de mis sueños. Una casa sublime, llena de pasiones convertidas en realidad. Chimeneas, piscinas y ventanas grandes, a montones.

 

Un cambio de mentalidad. Un nuevo punto de mira. Una nueva manera tanto de ver como de sentir el mundo y la vida. La vida de verdad. Mi vida. 

 

Y lo dejé. Resultó ser que lo material y objetivamente perfecto no era para mí. Y entonces lo entendí. Lo supe con y sin ayuda. Aunque lo cierto es que la necesité. La VIDA es libertad. Es amor y tiempo con las personas que nos llenan los ojos de inspiración. Es humildad y entendimiento entendido desde el mismo nivel. Son paseos inesperados y planes alocados durmiendo en algún rincón de la primera montaña a la izquierda con vistas al amanecer. Son momentos con amigos, hogueras escoltadas por nubes de colores y cervezas atípicas.

 

Tiempo, libertad y amor.

Así es como el mejor trabajo del mundo me hizo entender que estos tres tesoros son el mayor lujo que podemos tener y que todo lo que no los incluya no es más que un intento de sueño fallido.

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