Pura táctica

Me estás mirando. Sé que lo haces desde que he entrado por esa puerta de madera bañada en pinceladas de color turquesa y cenefas acristaladas que, por si no lo sabías, me enamora. Entre otras muchas y demasiadas cosas.

Estás muy concentrado mirando tu ordenador, se te ve muy interesante desde esta perspectiva. Llevas puesto un traje azul, ese con el que no te había visto nunca antes ni después.

Secretos profesionales, corbata oscura, ojos azules, aureola vibrante, rubio brillante y un atractivo descarado, intelectual y algo desafiante. Reloj verde y gafas rojas. Manos firmes y un poco grandotas. Reflejos grises removiendo historias y un “algo” tan misteriosamente mío que hace que lo desonocido se convierta en eso tan característicamente tuyo.

Qué quieres que te diga, lo cierto es que me estoy divirtiendo mucho observándote y escribiendo sobre ti mientras sigues a lo tuyo. Quieto, concentrado, pensativo, y abducido entre superficies con brillo. Tan tú, tan “demasiado” haciendo ver que te gusta ese café sin leche ni avellanas más frío que mi chaqueta de cuero preferida. Aires ocupados, llamadas encadenadas y demasiados correos aguardando por diminutos instantes de atención mientras se aburren haciendo cola en tu infinita lista de prioridades rezagadas. Supongo que lo de tener tropecientos mensajes sin responder tiene que ser un poco agobiante. Vaya, eso imagino. No me hagas demasiado caso.

Supongo que trabajarás en una de las oficinas que hay por los alrededores de esta cafetería. Siempre está llena de caminantes en traje, de música con flores y de notas desafinadas. Uno de mis sitios preferidos sin lugar a dudas, pero sí a historias.

 

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Sillas de metal, cada una de diferente color, mesas de madera y charlas acurrucándose entre teteras azules. Olor intenso a café, a chocolate negro y a canela recién molida. Olor a silencio, a pausas inquietas y a miradas dispersas. Porque sí, te he vuelto a pillar mirándome. Si te preguntas qué estoy haciendo, pues escribo sobre ti, para que lo sepas. Te lo voy a enviar por mensaje telepático:

Hola chico con traje, de aquí en adelante vas a ser “el Chico M”, si no te importa. Lo de la M no es nada personal, no le des mucas vueltas. Me gusta cómo suena esta letra cuando la pronuncio sin hablar.

Pues bueno, simplemente te envío este mensaje telepático para que seas consciente de que estás siendo el protagonista de unas pocas líneas. Tú nada, sigue actuando normal eh; tú como en casa (aunque si te apetece convertir esto en una historia estrambótica, no te cortes).

1, 2, 3. ¡LISTO! ¿Has visto? Si es que estoy que no me resisto, pero tranquilo, que yo no insisto (esto ya se nos está yendo de las manos).

Como podrás ver, me encanta hacer el tonto, soy un poco payaseta. Me gusta inventarme rimas improvisadas sin sentido pero con gracia. Me río de mis ocurrencias y de tus aires intrigantes. Me hacen gracia las situaciones más normales y los gestos más usuales. ¿Ves por dónde voy?  Me tomaré esa mirada como un “sí”, gracias.

Cajas de cartón, luces colgantes y ventanas acogedoras. Está sonando la melodía de los momentos imprevistos, la canción de los intelectuales haciendo ganchillo.

Antes, si no te importa, podrías apagar todas esas luces y seguir mirándome entre sonrisas y ternura. Yo iré mirando para otro sitio para disimular, espero que detectes que estoy pendiente de ti y así yo asumiré que tus aires ignorantes son pura táctica.

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