¿Estrés = felicidad?

¿En qué estaría pensando?

Todavía recuerdo aquel día en el que un repentino impulso matutino me condujo al aeropuerto.

Era un 15 de agosto. Estaba de vacaciones y mi intención era invertir las horas en alguna cosa productiva que todavía no había decidido.

Hacía justo seis meses desde que el Club de los Cinco se había reunido para planear aventuras que jamás se cumplirían.  Cinco soñadores ingenuos, ajenos a todo lo que no fuera un mapa y una nueva ruta.

Planeamos algo arrebatador y emocionante como no era de extrañar (aunque sí de temer). Sí, esa era yo. Una jovencilla ilusa y apasionada; una entusiasta aterrada que se divertía planeando sueños difíciles de soñar.

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Mi mente iba demasiado de prisa la mayor parte del tiempo. Todo me sabía a poco. Siempre quería más y no me llevaba demasiado bien con el tiempo libre. Sí, el no hacer nada destruía mi productividad en potencia.

Estrés = felicidad

Simple.

Deseos convertidos en bocetos capaces de hacer volar de felicidad a cualquiera y a nosotros. Sí, esa fue la música que sonó de fondo durante toda aquella tarde. Y yo imaginaba y me frenaba. Volaba y aterrizaba a lo brusco.

Planeando planes sobre planes; dibujando ilusiones incompatibles con un tiempo libre inexistente. Porque sí, ahí estaba el problema. El ansia de estrés que crea la felicidad no congenia muy bien con los planes a largo plazo. Y lo sabía. Todos lo sabíamos y aun así seguíamos a lo nuestro.

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¿Qué narices hacía en el aeropuerto un 15 de agosto?

Pues ni idea. Esa misma pregunta era la que resonaba en mi productiva y saturada cabezota. Esa misma pregunta fue la misma que logró transformarme en una artista de impulsos sin preaviso, coherencia ni congruencia. Un GPS averiado pero completamente actualizado. Mi motor dormido, estresado y un poco relajado.

Llegué pronto. Muy pronto.

Disfruté de aquellos eternos minutos de la manera más intensa que no supe pero aprendí. Observé las historias y los recuerdos que se escabullían de las maletas sin ruedas mientras el café más dulce y espumoso que encontré se entretenía edulcorando imaginaciones. Me recreé fantaseando cien historias y curioseando reencuentros empaquetados en algo así como eso sin nombre ni descripción. Me sonrojé contemplando a extraños con gafas, sonrisas y sueños (¿puede haber algo más sexy?).

Maletas, maletines y mochilas. Trajes con corbata y chanclas con pamela. Cartas en la chaqueta y sonrisas entre las comisuras de las escaleras. Amor y entusiasmo, miedo y morriña.

Me acordé del Club de los Cinco. Me tranquilicé recordando sus voces y achuchándolos mentalmente. Les envié suerte y les deseé vida (VIDA). Nos recordé saltando de emoción delante de lo que para nosotros fue infinito. Abrazos y sonrisas, carreras “al estilo pato”, complicidad prematura y empujones entre manos bien cogidas.

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Y bueno, pasaron las horas y las historias. Se me durmió la imaginación y se me despertaron las dudas. Supongo que la regla de la felicidad no era tan simple como creía.

Entonces les escribí:

Espero que estéis pasando un buen viaje. Por aquí todo bien, todo en orden. Disfrutad mucho y traedme algún recuerdo chulo señoritos. Nos vemos cuando volváis. Besos.”

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Buena reflexión, en algún sitio leí algo sobre el estrés bueno y el menos positivo, creo que de Robin Sharma 🙂 Un saludo!

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    1. Interesante aportación. Un placer tenerte por aquí 🙂

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